Detrás de los números: un relato desde la frontera Sur

martes, 6 de febrero de 2018 10:12

Nuestra compañera Alicia López nos cuenta, en primera persona, sus impresiones tras su reciente viaje a Nador (Marruecos), donde trabajamos apoyando la labor de la Delegación Diocesana de Migraciones y del Centro Baraka de Formación Profesional


Tiene los talones rotos. Fue capaz de saltar todos los obstáculos de la valla: las concertinas, el foso y la valla del lado marroquí; la valla de la frontera con Melilla y la última valla, de seis metros de altura, que se encuentra ya en territorio español. Pudo hacerlo en menos de cinco minutos. Cinco minutos es el tiempo máximo con el que cuentan antes de que reaccione la policía marroquí o la guardia civil española. Si tardan más tendrán que volver a intentarlo.

Él consiguió saltar en menos de cinco minutos. Hizo BOZA, esa palabra de la que nadie conoce el origen y que es significante del éxito concreto de atravesar fronteras, es ese grito que abate los muros.

Pero en el salto se rompió los dos talones. Se escondió en un matorral español. Lo encontró un guardia civil español que abrió las puertas de la valla española (porque en las vallas hay puertas que se abren con llave) y lo mandó al lado marroquí. Una devolución en caliente. Ahora está recuperándose en una silla de ruedas en el centro de acogida de la parroquia en Nador regentado por una congregación religiosa de monjas franciscanas. En el mismo edificio se encuentra la Delegación Diocesana de Migraciones, la socia a la que, junto con el Centro Baraka de formación profesional, Entreculturas apoya en la Frontera Sur. Nos cuentan que ha habido cerca de una veintena de devoluciones en caliente en lo que va de año. Y detrás de cada número hay una persona.

Tal y como explican desde el Servicio Jesuita a Migrantes, Melilla es el primer territorio bajo soberanía europea para la puesta en práctica de las políticas y prácticas de contención y rechazo a la inmigración. En los últimos años, primero a raíz de la emergencia de personas refugiadas por los conflictos africanos y en Oriente próximo, y después por las políticas europeas de cierre de las rutas migratorias del Mediterráneo oriental y central, se ha detectado una reactivación importante de las llegadas de personas por la frontera sur española, que pasaron de las 3.000 en 2014 a las 8.000 de 2015 y a 13.000 en 2016, cifra que se ha duplicado en el 2017, tal y como recoge el informe Refugiados y migrantes en España. Los muros invisibles tras la frontera sur. Y detrás de cada número hay una persona.



En Marruecos, no existe un sistema estatal de protección efectivo; los intentos regularizadores han sido muy criticados y poco consensuados, lo que ha dado lugar a interpretaciones diferentes en función de las regiones, por lo que el trato a la población migrante es distinto dependiendo de la localidad. Nador, ciudad fronteriza del lado marroquí, es especialmente dura y agresiva; las personas migrantes subsaharianas no pueden circular por las calles de Nador sin verse sometidas a los abusos de la policía marroquí, por eso habitan en los bosques.

Nos dirigimos a “Nuevo Bolingo”. Veíamos el bosque desde lejos y no era posible ni siquiera intuir lo que se escondía entre sus árboles. El final del trayecto lo hicimos a pie acompañados del nombrado entre risas “Ministro de Asuntos Exteriores” del campamento, un joven camerunés que no ha perdido esa capacidad que tienen las personas de África del Oeste de hacer bromas con las situaciones más aterradoras. A medida que nuestros pies nos acercaban al bosque, nuestros ojos fueron percibiendo el nivel de miseria. Un horror.

En ese momento constatamos que el trabajo de la Delegación de Migraciones de Nador es de vital importancia en el sentido más literal. La no intervención sería mortal. Se reparten mantas y abrigos para protegerles del frío del invierno, kits de higiene masculina, femenina y para bebés (sí, hay bebés); se organizan jornadas de limpieza, se visitan los más de 50 campamentos semanalmente para ofrecerles apoyo psicosocial y organizar actividades de todo tipo y, lo más importante, la Delegación cuenta con un teléfono de emergencias 24 horas. Cada jefe de campamento dispone de ese teléfono y llama si le ocurre algo a alguna de las personas que allí habita. A primera hora de la mañana, el equipo de la Delegación se reúne para analizar las urgencias y establecer prioridades de atención. El número de personas que habita en los bosques es muy variable ya que su objetivo es durar allí lo menos posible, pero estamos hablando de muchos cientos de migrantes. Y detrás de cada número hay una persona.


En Bolingo pudimos hablar con ellos y con ellas. Yo me junté con las mujeres, muchas camerunesas o de Costa de Marfil. Dos vinieron con sus bebés. Algunas llevan días en los bosques, otras semanas y otras meses. Estaban agotadas y el agotamiento se notaba en sus ojos pero también en su piel, que no brillaba, que no transmitía esa energía que siempre transmiten sus pieles de ébano. Tenían sarna debido a las inexistentes condiciones higiénicas de los campamentos, pues es imposible construir letrinas ya que la policía marroquí, en sus frecuentes visitas a los bosques, arrasan con todo. Se levantan a las tres de la mañana porque la policía suele llegar a las cuatro. Se dispersan hasta las once que vuelven. No saben si van a poder comer, si van a poder dormir. “En España también va a ser muy difícil”, les decimos. “Nada será peor que esto”, nos dicen. Es cierto. “¿Y vuestras familias saben en qué condiciones estáis?” “No, y nunca se lo diremos. Han hecho muchos sacrificios para que estemos aquí. No vinimos aquí por gusto. Es por necesidad absoluta”. Me queda claro, nadie aguantaría más de un día en los bosques si tiene a dónde volver. He hablado con quince mujeres. Según los datos, muchas de ellas, son víctimas de trata.