Memoria 2018 de Médicos sin fronteras

jueves, 8 de agosto de 2019 10:53



DEJARSE LA PIEL

Más gente sufriendo en silencio y sin ayuda alguna. Personas tratadas como criminales por estar asociadas a ciertos grupos, religiones o etnias; o por huir de una guerra o de la violencia más despiadada. Emergencias y conflictos en lugares que nunca se nombran. Ataques a hospitales y personal sanitario. Organizaciones humanitarias perseguidas duramente por hacer su labor.

E indignación y ganas de luchar, y un cierto orgullo por el trabajo que, a pesar de todo, logramos hacer.

Eso fue 2018, un año sin grandes emergencias mediáticas, pero en el que los conflictos no dieron tregua en lugares como Yemen, Camerún, República Centroafricana (RCA), República Democrática del Congo (RDC) y Oriente Próximo. En los frentes de guerra, la violencia que sufren las personas a las que atendemos es inimaginable.

En Camerún, el conflicto en la zona anglófona fue a peor; se criminalizó a los pacientes y la atención médica fue un blanco más. Fue una de nuestras mayores intervenciones, como la de Etiopía, donde la violencia interétnica provocó que casi millón y medio de personas huyeran de sus casas en la zona de Gedeo.

Conseguimos reaccionar con rapidez y mantener la asistencia en lugares prácticamente imposibles, donde nadie más puede, se atreve o consigue entrar: es allí donde están los más vulnerables. Y logramos los mejores resultados médicos de nuestra historia: aumentamos el número de personas atendidas en todas las actividades que salvan vidas, las dedicadas a las víctimas de conflictos y violencia directa.


Atendimos a un número considerablemente mayor de víctimas de violencia física, por ejemplo entre los refugiados sursudaneses que llegaban a Gambela (Etiopía) y los rohingyas huidos de Myanmar a Bangladesh, así como en Yemen y en los Territorios Palestinos. También prestamos especial atención a las víctimas de la violencia sexual e impulsamos programas de salud mental en poblaciones  afectadas por violencia crónica grave.

Asistimos a poblaciones desplazadas y en movimiento en América Central y del Sur, con intervenciones de emergencia en Tijuana (México) y en la frontera entre Colombia y Venezuela. En el Sahel, luchamos por llegar a las zonas más aisladas y llevamos clínicas móviles a zonas donde los centros de salud habían cerrado, como en Diffa y Douentza (en Níger).

Finalmente, respondimos a epidemias de sarampión, cólera y fiebres hemorrágicas en Nigeria, Yemen y Zambia. Sobre todo, nos tuvieron muy ocupados los numerosos brotes de sarampión, especialmente en RDC y en Darfur (Sudán). Y en la región de Kidal (Mali), recorrimos 60.000 kilómetros en total para la primera vacunación que se hacía en la zona desde 2012.

Todo ello lo hicimos prestando mucha atención a la calidad médica: aspiramos a la máxima posible en función de la idiosincrasia de cada lugar, y nos hemos esforzado mucho por mejorar y evaluar nuestro trabajo. Siempre fue difícil y, en muchos casos, peligroso. En junio, fue bombardeado nuestro centro de tratamiento del cólera en Abs (Yemen) —que afortunadamente estaba vacío— y, en noviembre, fue atacado el campo de desplazados de Batangafo (RCA) y más de 10.000 personas se refugiaron aterrorizadas en nuestro hospital. Dos fracasos de la humanidad, entre tantos otros que presenciamos.

Quiero acabar estas líneas asegurándoos que, a pesar de la complejidad y los enormes retos de los entornos donde trabajamos, nuestros equipos en el terreno se dejaron la piel y siguieron luchando por conseguir hacer más y mejor para la población a la que nos debemos. Toda nuestra admiración, respeto y agradecimiento va hacia ellos y también hacia todos los que, con vuestro apoyo, hacéis que este milagro sea posible.


por:

Marta Cañas

Directora general de MSF España


*Fuente: www.msf.es